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jueves, 4 de junio de 2020

Ofidiofobia. Anecdota

“A quien lo mordió macagua, bejuco le para el pelo”


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     El temor a las serpientes es más viejo que el relato bíblico de Adán y Eva. Existen suficientes evidencias que demuestran que el hombre primitivo experimentó la letalidad de la mordida de ese tipo de reptil venenoso; por esa razón le mostró respeto. Muchas son las razones por las que algunas personas les temen, siendo su veneno la causa principal del miedo; es por eso que las matan; sin tomar en cuenta que existen culebras no venenosas, serpientes venenosas y las que son muy tóxicas para la mayoría de los seres vivos. Dependiendo del reptil, la mordida será letal o no y su toxicidad; así como las reacciones que le causa al cuerpo de la víctima, dependerá del tipo de serpiente. Los niveles de inmunidad de la víctima también son determinantes a la hora de experimentar la desagradable mordida. Lo bueno del tema es que la ofidiología ha develado muchos de los misterios y mitos que existen alrededor de estos zigzagueantes animales.
     APOSEMATISMO o señal de advertencia, es un mecanismo de defensa, entre los insectos, los reptiles, anfibios e incluso en algunos mamíferos que exteriorizan alguna característica extraordinaria para decirle a su posible amenaza o depredador que no se acerque porque corre un riesgo que puede ser letal; algo así como: “mantente a raya o no respondo”. Los expertos, quienes por cierto también corren riesgos al manipular estos reptiles, saben diferenciar con exactitud las víboras peligrosas de las no peligrosas. Pero como no es exactamente el tema que trataré en el post sólo dejaré un link para aquellos lectores que deseen profundizar el tema ¿Cómo identificar a una serpiente venenosa de una no venenosa?

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ANÉCDOTAS CON SERPIENTES

1.- Mi Tía Juanita:

     Mi tía Juna Silva, o juanita como solíamos llamarle, fue quien me cuidó desde que tenía meses de nacido hasta que cumplí cinco años, ella era una mujer muy buena, amorosa, protectora, soltera y bastante mayor, lo que recuerdo de ella fue que me quiso como a su propio hijo, murió a la edad de 105 años. Ella tenía un olfato muy desarrollado, a pesar que fumaba mucho y de una manera poco común, la parte encendida del cigarro la colocaba dentro de su boca, una vez le pregunté y me dijo que esa costumbre la había aprendido de sus mayores, especialmente las que lavaban en el río para que no se les apagara. Retomando lo del olfato desarrollado de mi tía juanita, sucedía con frecuencia que estábamos sentados conversando cuando de pronto ella decía que le olía a culebra, se paraba con mucha tranquilidad, tomaba un palito no más de 50 cm, salía al corral de la casa, se metía debajo de la frondosa mata de parchitas, revisaba las enredaderas y cada bejuco, hasta que con toda su calma y mucha seguridad, levantaba el palito y golpeaba, se agachaba y recogía la Verde gallo o cualquier otra culebra, regresaba con la tranquilidad que la caracterizaba y la metía en una lata de leche vacía para enseñársela a mi mamá cuando llegara del trabajo, un día le mostró cinco bejuquitas, como ella le llamaba. Por cierto en una oportunidad, ya estábamos durmiendo cuando la escuchamos dándole chancletazos al piso, mi mamá se despertó y le pregunta asustada: ¿qué pasa Sra. juanita? Y ella sin inmutarse le respondió, prende la luz mija que aquí hay algo, cuando mi mamá encendió la luz se encontró una culebra muerta al lado de la cama de mi tía. Pasado el tiempo, le escuché decir a mi mamá que ella presumía que mi tía tenía un don especial; que no sólo podía oler a las culebras, sino que las dormía de alguna manera y por eso no les temía y las matabas con tanta facilidad. ¿Mito? Nunca lo sabré, lo que jamás olvidaré es a mi amada tía juanita.


Desde niño existió un dilema en mí, temer o no temer a las serpientes. Mi mamá siempre fue nerviosa pero también muy prudente con respecto a los peligros, ella minimizaba los riesgos en todo lo que nos rodeaba, para ella la seguridad era elemental, por esa razón, después que mi tía juanita se marchó, mi progenitora decidió cortar la mata de parchitas porque, según ella, era un nido de culebras. Fui creciendo con la imagen de mi valiente tía pero con la prudencia de mi madre; así que, a los reptiles les tengo respeto.

2.- Subiendo a la montaña del Oso

     Con frecuencia mis primos Richard y Germán García Milano, mi hermano Vicente y yo visitábamos a mi tío Concepción Arenas, mejor conocido como “concho Arenas”, el cual vivía con sus dos hijos en el sitio conocido como la Montaña del Oso, zona boscosa pertenecientes al Municipio Zamora, del Estado MirandaVenezuela. Acostumbrábamos a subir de noche, caminábamos desde el barrio El Rodeo, hasta el sector El Bautismo, al llegar a la bodega del sector nos acostábamos a descansar y antes del alba emprendíamos la marcha hacia aquel paradisíaco lugar, rodeado de naturaleza, uno delante del otro por lo estrecho del camino hasta llegar, generalmente mis primos iban adelante y a mí me dejaban atrás o en el medio para resguardarme por si ocurría algo imprevisto que representara peligro, gracias a Dios nunca ocurrió nada, hasta que un día mis primos me dijeron que yo iría adelante, señalando el caminó; a partir de ese momento, el respeto por las serpientes se convirtió en miedo, por lo que decidí amarrar unas pequeñas bolsitas, hechas con retazo de tela de algodón a las trenzas de mis botas montañeras, en las bolsitas puse ajo machacado porque mi mamá me había dicho que el ajo alejaba a las serpientes. Mientras mis primos encabezaron la marcha nunca vi culebras, pero el día que me tocó ser el líder “aliñado con ajo” vimos cinco, una de las cuales se cruzó en mi camino. ¿Sería el fuerte olor del ajo en mis botas o fue casualidad? (respuesta más adelante).

3.- En la casa de los suegros:

     En el año 1992, los padres de mi esposa se vinieron a Caracas dejando sola su casa de Maturín en el Estado Monagas por lo que nos autorizaron a irnos a vivir para allá, en vista que éramos una pareja joven, sin vivienda propia y además su hija, mi esposa, estaba embarazada. Al llegar lo primero que noté fue la gran extensión de terreno que rodeaba la casa, la cual la habían construido en el centro de ese espacio. Grandes ventanales pero sin marcos ni ventanas, solo el espacio vacío, con rejas inmensas, cubiertas por cortinas de tela, muchos árboles de mango, matas frutales, medicinales y hasta ornamentales, muchas hojas y en temporada de mangos o de aguacates, el patio simulaba una alfombra de frutos y hojarascas por lo que teníamos que limpiar todos los días. Cuando nació mi hijo mayor, Marcos Daniel, la limpieza de aquel sitio se incrementó y una de las medidas de seguridad que tomé por la cantidad de murciélagos, bichos y culebras que habían fue comprar una ristra de ajo y dos potes de creolina. Machaqué todo el ajo y lo coloqué alrededor de la casa, en cada puerta y ventana, tapé cuanto huequito observé y regué creolina por todos lados, el olor era insoportable pero yo creía que estaba seguro. Cuando regresamos de la clínica, mi esposa con mi hijo en brazos y yo, antes de abrir la puerta fui a encender la luz del estacionamiento y un bombillo que yo había colocado sobre el marco de la puerta, en la entrada de la casa, lo hice y cuando fui a abrir encontré una coral al lado de un pocito de creolina que yo había echado.
Otro día, mientras yo estaba trabajando, mi esposa acostó al niño y se puso a rastrillar la hojarasca, cuando llegó a la mata de flores que adornaba la entrada encontró una cascabel enrollada dentro de uno de los bloques de cemento que rodeaban la mata, el susto fue muy grande pero lentamente se retiró del lugar, llamó a un señor y esté mató al peligroso animal. A partir de esas experiencias saqué como conclusión que lo del ajo y la creolina era un MITO Con esta afirmación respondo la anécdota anterior.

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En otra oportunidad me ofrecí amablemente a ayudar a una prima de mi esposa a limpiar un terreno, corté todo el monte y unas enredaderas que cubrían parte del espacio, cuando terminé de cortar todo aquello, agarré una vara larga para amontonar la hierba, mientras lo hacía se fue formando una especie de salicor o barrilla; así como sale en las películas del Oeste americano, lo cierto fue que cuando aquél matojo rodante llegó a mi pecho apareció frente a mi cara una culebra que venía enrollada confundiéndose con los bejucos… ¡El Susto del siglo!, faltó poco para morirme de un infarto.

4.- En el CEMAG

     En el año 1994, junto a mi esposa y mi compadre fundamos el Movimiento Juvenil Paradigma, una de las actividades que realizamos con los jóvenes fue un taller de reconocimiento de serpientes que nos impartió nuestro gran amigo Oscar Muñoz, en la actividad, realizada en la sede del Centro de Excursionistas Manuel Ángel González CEMAG, nuestros muchachos tuvieron la oportunidad de ver de cerca culebras y serpientes, víboras letales y no venenosas, tanto ellos como nosotros comprendimos que más son los mitos que se tejen alrededor de estos reptiles que lo que realmente son. Aprendimos a respetar a los animales. La madre naturaleza es el lugar común de todos por lo que despejar la ignorancia es vital para comprender cada ser vivo del hermoso sistema planetario.
Con mucho respeto y admiración deseo FELICITAR a la gran familia del Centro de Excursionistas Manuel Ángel González de Guatire, Municipio Zamora, del Estado Miranda, República Bolivariana de Venezuela, por la excelente labor que; por más de cincuenta años (50), han venido realizando en beneficio de la naturaleza y de todos los seres vivos del planeta.

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